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“Hoy florece el encarnado fruto de los espinos”


Por Xerardo Rodríguez

Como diría Machado “hoy florece el encarnado fruto de los espinos”. Ya es octubre y un año más he recogido la castaña de la suerte que celosamente pongo en la encimera que exhibe algunos premios obtenidos a lo largo de los años. El castiñeiro es el corazón vegetal que late en la vieja aldea y la castaña su fruto. Ambos son la vida y la tradición; y de ellos emanan los ritos de incierto origen que seguimos cada año, cuando el sol ya no quema. Es el árbol sagrado que trepa por las laderas desafiando precipicios y es su fruto de sabor único, porque casa con casi todo.

Ya huele a brasa de magosto en la villa próxima y a carro de castañero urbano en la ciudad antigua. La castaña y el fuego son los elementos que dan rigidez otoñal a las esotéricas formas de la magia; las que cuentan los abuelos, inspirados por la llama misteriosa de una lareira.

En Cudeiro se decía una tradición muy antigua, que asombraba especialmente a los niños cuando preparaban su inocencia para la primera comunión de la postguerra. La abuela los obligaba a comer castañas, solo castañas, la noche de difuntos; porque así liberaban a las almas en pena de las llamas del Purgatorio. Por cada castaña que comía un niño, un pecador abandonaba la antesala del Cielo. Algunas noches otoñales, cuando la niebla del Miño ascendía por el empedrado Camino Real, incluso se veía como las almas, liberadas de su pena, emprendían la Ruta Xacobea.

La castaña, ese encarnado fruto oculto en los erizos, fue alimento indispensable de la aldea, en el olvidado tiempo en que tuvimos que emigrar. El castiñeiro es el símbolo del señorío espiritual de Galicia, porque, según Castelao, “sus ramas cuentan cuentos al viento”.

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