Valdeorras y El Bierzo

 Por Xerardo Rodríguez, director de GALICIA ÚNICA

Te voy a llevar, esta vez,  por tierras que habita esa buena gente descendiente del muy noble pueblo cigurro, autor de los castros más antiguos. Unos… le llamaron Valdeorras. Otros… El Bierzo. A un lado está el extremo este de Galicia… y al otro el oeste de León. Pero entre ambas comarcas no hay más fronteras que las naturales, un paisaje de montañas que quieren tocar el cielo y valles verdes, por donde discurre el Sil y otros ríos generadores de la belleza que existe y subsiste en ambos espacios.

Además, pequeñas lagunas sirven de espejo a tres paraísos : El Parque da Enciña da LastraLas Médulas y Peña Trevinca.

Petín, A Rúa, Vilamartín, Rubiá, Carballeda y O Barco son Valdeorras. Cacabelos y Villafranca son El Bierzo. Entre El Bierzo y Valdeorras hay mucho en común: son comarcas hermanas que incluso hablan, cuando les apetece, el mismo idioma. Y ambas se saben bellas por naturaleza.

Desde la Serra da Lastra, desde Las Médulas y desde Trevinca, la frontera natural,  la vista alcanza una buena parte de ambos territorios. Aprecias entonces como el turismo es uno de los factores socioeconómicos de desarrollo para estas tierras  cuya colaboración se entiende como vital  desde el sector hostelero. Los hábitos y la tipología turística de ambas zonas, al igual que el paisaje y los alojamientos, son similares. Incluso la gastronomía. Aquí beberás excelente vinos, tintos y blancos, para regar excelentes entremeses, platos tremendamente creativos y postres caseros como los que hacía la abuela.

Ya hemos llegado a la frontera del sol naciente y quiero contarte historias de paisajes viejos. Desde O Barco de Valdeorras me he adentrado en las tierras de Rubiá, a las orillas del Sil,  nacido en las fuentes del Bierzo. De verdad te digo que no tiene límites la hermosura del paisaje que se contempla caminando por las antiguas vías de la Gallaecia, que los vestigios romanos así lo indican, ya verás.

Ahora conducen a la Sierra de la Encina da Lastra, al río embalsado para que sirva de espejo; a las palas o cuevas fantásticas que se encuentran entre Covas y Biobra; o a la aldea bonita que forman esas casas levantadas ya por los abuelos…

EN BUSCA DEL SOL NACIENTE

Dicen por aquí que el río Sil entra en Galicia entre calizas cortadas a cuchillo. Una buena prueba de ello es el estrecho de Covas, cuyo puente, de unos 400 metros, se cuelga entre los paredones que vigilan el paso del río y el túnel del Estrecho.

Covas es un pueblo de postal sobre una colina desde la que avista no solo este viaducto sino también el embalse de Penarrubia, que se asemeja a un pequeño lago entre desfiladeros de rojiza coloración. Es el embalse más antiguo que se construyó en la zona. El de Pumares es de 1970 y marca la línea divisoria entre  las tierras de Rubiá con Carballeda y el Bierzo. Rompe el paisaje sirviéndole de espejo.

Aquí es fácil contemplar el vuelo del águila, del gavilán y del halcón, además de otras aves. Este paisaje es único… pero, naturalmente,  aún quedan muchas sorpresas por conocer viajando al interior de la tierra.

En este territorio abunda lo que mis paisanos llaman aún “palas”, palabra de origen prerromano que significa “cuevas”.

Las Cuevas de Rubiá son una de las singularidades de este territorio y poseen un gran valor para los amantes de la espeleología. De hecho, solamente pueden ser exploradas en compañía de expertos. Hay alrededor de doscientas simas y cuevas censadas, que forman la mayor red de cavidades subterráneas del país, con una de las mayores colonias de murciélagos de España. A Cova da Zorra es la de mayor longitud con sus 600 metros y otras como las de XilberteTransmontePombo o Tralapala son verdaderas maravillas para los espeleólogos gallegos.

Las “palas” o cuevas se concentran en su mayor parte entre Covas y Biobra.

Con tanta belleza a su alrededor tenía que contar Rubiá con un Parque Natural en el que se encuadrasen, además de los espacios del Sil y las “palas” o cuevas, los que configuran las sierras y otros ríos, especialmente el Entoma.

Las sierras son la de Cereixido, la dos Cabalos y la Serra da Encina da Lastra, que es por el nombre por el que se conoce comúnmente a este Parque.  Pero… ¿Por qué si no hay encinas?

Esta es una tierra fantástica y según parece el nombre se lo debe la sierra a una gigantesca encina que servía de guía a los viajeros. Aunque la encina, ya se sabe, precisa para crecer de suelos calizos y clima mediterráneo y no es de extrañar que en otro tiempo abundara en esta zona. Por lo de pronto, una encina como la de la leyenda, rompe el paisaje del cementerio de Covas desde una finca próxima y cuenta con la distinción de “árbol singular”.

Dicen por aquí que los castiñeiros los trajeron los romanos así que están en Rubiá desde hace dos mil años. Y este, el castaño, sí que es árbol singular.

Volviendo al paisaje de este Parque Natural, la gran postal la ofrecen los Penedos de Oulego, las torres montañosas que se alzan al cielo hasta alcanzar el kilómetro de altitud. La senda que hasta allí nos lleva esconde casi secretos paisajes que son la gran seña de identidad de estas sierras orientales gallegas. Otros dos lugares muy visitados son la Pena Falcueira y   el barranco que llaman Val do Inferno. Y por si aún no estábamos convencidos del valor ecológico de estas tierras de Rubiá, bajando desde Oulego pueblo,  aparece el río Entoma  para formar uno de los más hermosos valles de Galicia, que llega hasta el mágico lugar de Veiga de Cascallá.

Sin duda, tras viajar a este protegido municipio ourensano, nos convencemos de que existe eso que llamábamos paraíso escondido.

EL VALLE ENCANTADO

Solo hemos cumplido una tercera parte del trayecto propuesto para esta semana, así que merecerá la pena que demos el salto hasta el cercano Bierzo para revivir el cuento de hadas de cueva en cueva, en el lugar mágico al que yo llamo el Valle Encantado.

Sobresalen, multiformes, pequeños y grandes túmulos ocres por entre el bosque frondoso. El valle se esconde tímido de la gran montaña y solo desde el mirador de Orellán se alcanza toda la belleza que existe en el paisaje más asombroso…

Se le conoce como Las Médulas y nadie diría, ante tamaña maravilla, que todo esto fuese un cúmulo de deshechos mineros.

La historia de este lugar nos habla de que sus entrañas eran de oro. Y de que para conseguirlo se construyó todo un laberinto de cuevas que hoy se nos aparecen como encantadas. Para lavarlas  se desvió el curso de los ríos menores. Porque, el ingenioso sistema extractivo estaba basado en el agua: en su fuerza erosiva, cuando se arrojaba desde singulares depósitos situados en lo alto, por las galerías previamente excavadas.

Es esta la gran mina de la Roma imperial y el berciano paisaje de oro  que mereció el título de Patrimonio de la Humanidad.

LOS RÍOS DEL ORO

Los caminos más antiguos son de piedra y conducían todos a Roma. Fueron testigos, hace ya dos mil años, del paso de las legiones y del propio Cesar, fundador de las augustas ciudades de AsturicaBrácara y Lucus, la capital de la Gallaecia. Las vías romanas abrieron los límites del territorio y por ellas se descubre la próspera antigüedad de la tierra común. En las losas de piedra de las antiguas calzadas está escrita una buena parte de la propia historia galaico-leonesa. Atraviesan aún hoy los “ríos del oro” con puentes que sobrevivieron al paso del tiempo, siempre difícil.

Sigamos algunos de esos cursos fluviales,  los pequeños ríos del oro,  para llegar a los fulgurantes lugares en donde el agua nos entusiasma. Es la del lago que rodea un jardín natural, en el que han vuelto a crecer los abedules; espacio protegido de agua mansa, espejo de la  estancia perfumada que ilumina cada día una luz diferente.

Por ejemplo, el lago de Carucedo,  fruto de la actividad minera en Las Medulas. Aunque su valor actual está en cuanto le rodea, en las márgenes de encinas, sauces y juncos. Es el más popular de los lagos bercianos.

En Galicia destaca el de San Martiño, que nace del agua embalsada del Sil, entre Petín y A Rúa. Crea un paisaje abierto a la vida saludable y escribe en sus espejos relatos legendarios que hablan del caballero Roldán, el gran mito francés. Ambos lagos se hermanan cada atardecer para devolvernos  el paisaje dorado. Es cuando más resplandece la inconmensurable belleza patria.

El agua de los ríos que Rosalía convirtió en poema y Amancio Prada en música, sigue siendo protagonista del paisaje berciano y del gallego. La fuerza del agua creó el actual cuadro cultural de Las Medulas,  y es el agua quien entona la sinfonía natural de las tierras de El Bierzo y de Galicia. La música común, como la de Amancio. El poema de cada tarde, como el de Rosalía.

Desde la montaña común, bajan pequeños ríos para alimentar al grande.  El Selmo, el Turbia, el Valcarce… Van todos a morir en el Sil. El Sil cruzará el Bierzo desde su nacimiento en las montañosas praderas de Cuetalbo, adentrándose en tierras gallegas encajonado entre piedras de pizarra. Y será famoso por saciar la sed del Miño y crear los impresionantes espacios de la Ribeira Sagrada.

EL TECHO DEL PAÍS

Emprendemos, si te parece la ruta final ourensana, que es la que toca techo en las cumbres de Peña Trevinca, la montaña que nos cautiva tanto si la conocemos ascendiendo por A Veiga como por Sobradelo. Por A Veiga los senderos que conducen a lo más alto son salvajes y por Sobradelo están humanizados. Ambos, sin embargo, te invitan a contemplar el paisaje mágico que perseguimos, de inviernos blancos y veranos serenos.

La blanca soledad cubre los inviernos y el tiempo transcurre con lentitud, pero libremente, en el más profundo de los silencios. Si alzas la mirada hacia lo más alto verás como en la sierra común el paisaje que nos rodea es tan luminoso, tan brillante, que el sol también se asombra, por eso no es capaz de derretir la belleza.  

Asimismo, hemos de admirar el verano, que en Peña Trevinca es menos poético y más verde que durante la estación fría. Pero… si nos atrevemos a seguir la huella del lobo es posible que lleguemos hasta un lugar idílico en donde, un regato pequeño, le canta al viento viejas historias y leyendas como a mí me contaron algunos de mis mejores amigos…

Una de las muchas veces que he buscado estos paisajes… vine con mi amigo Estanislao Fernández de la Cigoña, el único estudioso que maldecía a los romanos a los que podemos imaginar huyendo de la nieve por Sobradelo camino de O Barco. Estanis me contó que…

—- Los miliarios no solo eran indicadores de los pasos del recorrido sino que tenían también otros fines… al menos entre los galaicos, muy dados a ciertos rituales.

El ilustre etnógrafo y ecologista publicó que algunos miliarios potenciaban la fertilidad.

—- Si tú haces el amor, de noche, poniendo por testigo al monolito, tienes garantizada la procreación.

Al parecer la tradición llegó al siglo XXI y esta práctica continúa en lugares de los itinerarios romanos que las montañas ocultan debidamente.

Yo, sin embargo, creo que la expresividad del paisaje pone aquí remedio a todo. Es todo tan hermoso que nos vuelve más activos, más románticos… y acentúa las ganas de hacer el amor hasta llegar al éxtasis. Así que no hay milagros, pero sí ayudas…

Desde la Peña de las nieves de nombre Trevinca, la vista alcanza los tejados de pizarra del refugio, la pequeña aldea y los valles profundos ocultos bajo la niebla. Ya hemos culminado el techo galaico-berciano, frontera de belleza serena a la que la montaña aporta una especial atmósfera de quietud, de calma…

Al descender, ya bajo un nebuloso cielo de plomo, volveremos a pisar el camino que conduce a la vieja aldea,  próxima a las minas del oro negro.