El artículo de Barciela que mereció el premio nacional de periodismo gastronómico "Álvaro Cunqueiro"

Un joven periodista, Alberto Barciela, junto al gran maestro de la pintura, Laxeiro

Este es el artículo merecedor del premio del que ha sido objeto nuestro estimado amigo Alberto Barciela Castro -y de lo que damos cuenta en otro apartado de esta edición-.

ARTÍCULO GALARDONADO CON EL PREMIO NACIONAL DE PERIODISMO GASTRONÓMICO "ÁLVARO CUNQUEIRO"
LA VALIJA DIPLOMÁTICA DE LAXEIRO
Ansioso de mundos, joven, empático, audaz, conmovedor, diletante, Laxeiro arribó hasta Vigo para enmarcarla, para embeberla con libertaria actitud. A la ciudad Fiel, Leal, Valerosa y Siempre benéfica llegó entonces un barbero ambulante desde el Deza. Años más tarde, regresaría de nuevo, ciudadano mundano, de su “sexilio” voluntario en Buenos Aires. Lo hizo, para tacear con Carlos en la Taberna de Eligio, para tertuliar en el Derby y en el Goya, para ser un eje en una época de artistas, periodistas y empresarios - Urbano Lugrís, José María Barreiro, Eduardo Blanco Amor, Celso Emilio Ferreiro, Valentín Paz Andrade, Paco Fernández del Riego, Carlos Oroza, Pousa, Mariño, Lodeiro, Mantecón, Massó, Alfageme...-, “chimpatazas” divertidos. En la capital olívica, en la flamante Casa de las Artes, permanecen su memoria y su obra, bien custodiadas por la Fundación Laxeiro.
La ciudad de Vigo fabricó los baúles mundo, aquellos que poblaron la Estación Marítima, los mismos en los que cabían las vidas de cada emigrante. Cada 23-F, Xavier Magalhaes y Antón Pulido me cuentan la historia de una maleta ligada a Laxeiro, más alegre pero tan memorable como puedan serlo el Baúl de Verdi, que fue hallado con 5.434 páginas autógrafas de bocetos, cartas y apuntes del genial compositor; como el Arca de Fernando Pessoa, que contenía veintisiete mil cuartillas de desasosiegos, vestigios y evidencias; o la Maleta Mexicana, de Robert Capa, Gerda Taro y David Chim Seymour, repleta con 3.500 negativos sobre la Guerra Civil Española; o la de Eduardo Pondal, que custodia la Real Academia Galega y que nos regaló Os Eoas - equivalente para la cultura de Galicia a la Chanson de Roland francesa, Os Luisiadas de Camoens o el Mío Cid-, disperso en hojas sueltas, desordenadas, recompuestas en primera buena intención salvadora por el redondelano Amado Ricón; La Maleta de Murguía, que apenas contenía papeles, documentos y publicaciones; o la que en sus viajes por Europa llevaba la periodista coruñesa Sofía Casanova, una mujer audaz y pionera, que narró visualmente Marcos Gallego, y que bien pudo coincidir en algún andén con la Maleta de Praga con los documentos inéditos de Heinrich Mann. No, siquiera ha de aproximarse la valija de Laxeiro a la Maleta de la Miel de José Luis Torrado “O Bruxo”, con cuyo contenido de néctar de las abejas y sus famosos emplastos de Aromas de Xeve conquistó el oro de las Olimpiadas de México 68 para campeones del mundo internacionales y la medalla del cincuentenario para él mismo, por gracia de Olegario Vázquez Raña, otro gallego-mexicano universal.
Las décadas iniciales del siglo XX, se correspondían con tiempos desordenados, marcados todavía por las consecuencias de las guerras y sus posteriores miserias, en los que había que agudizar el ingenio y estimular el arte, eran los días del cuplé, cuando Ramón Gómez de la Serna, que pronunciaba las denominadas Conferencia-maleta, extraía de ellas artilugios inverosímiles sobre los que peroraba con gracia e intuición geniales-, mientras concluía que “el cocodrilo es una maleta que viaja por su cuenta”.
Era aquella una época en la que se hicieron legendarios los Baúles de la Piquer, doña Concha, rebosantes de lujos, cosas de casa y aceite de oliva. Con ellos inundaban la valenciana más española las bambalinas de los teatros de medio planeta antes de ser contratada por el vigués Cesáreo González, el mismo que estaba destinado a aprender el oficio de paragüero, tradicional ocupación en su familia, oriunda de Nogueria de Ramuín, en Ourense. El mismo que se la jugó en Cuba, se fugó a México y que, tras conocer a Perico Chicote en una travesía trasatlántica, creó la sala de fiestas Savoy, impulsó Citroën, presidió el Celta de Vigo, compró el Gran Hotel -ahora Edificio El Moderno- y revolucionó el mundo del cine con Suevia Fimls - productora que hizo relevantes a Lola Flores, Carmen Sevilla, Marujita Díaz, Paquita Rico, Joselito o Marisol, entre otros-, siempre con las Cíes en primer plano. Más que maletas o baúles, Vigo y Galicia pueden llenar enciclopedias.
Bien pudo Laxeiro, como Marcel Duchamp, fabricar boite en valise, una especie de museos portátiles similares a un maletín en cuyo interior colocaba minuciosas reproducciones de sus obras más importantes, o ser el inspirador del personaje de Las Maletas de Tulse Luper, de Peter Greenaway, aquel hombre que dedica su vida entera a llenar cofres con objetos con los que intenta representar el mundo. Pero no, el pintor gallego era más original.
¿Hemos perdido la maleta? No, está llegando a Vigo puntualmente desde Donramiro, con un cocido “plegado”, repleta de chorizos, lacón, tocino, cacheira, gallina de Lalín. Se sabía rápidamente en toda la ciudad, no por las carretonas de la estación, impagables, sí por Urbano Lugrís, que con el entusiasmo del apetito voraz proclamaba a los cuatro vientos: “Xa chegou a valixa diplomática”, con cuyo contenido, claro, se hacía el cocido de delicias, compartido en hermandad, y que desaparecía como por ensalmo Y a esperar un nuevo envío.
Una llave puede abrir un cofre y un cofre contener una historia. Esa es la importancia real de la llave de la oralidad prodigiosa y de los creadores de historias. Nadie distinguía en los cuentos de Laxeiro entre lo que era cierto y lo que no. Era característica suya una impostura previsible e imaginativa, una suerte de magia que solo los de Lalín saben hacer con los frutos de la tierra, para crear manjares, para satisfacer a las almas con su arte. Eso lo contaba en el Derby y en el Goya un ex barbero ambulante, pintor del Deza, como si fuese un guion de los films de Cesáreo González o un relato de don Álvaro Cunqueiro, el mismo que dividía al cerdo en regiones romanas: “Laconia, Cacheira, Tocinia...”, según me narró Manolo Cores “Chocolate”, el amigo de Augusto Fadrique, qué gran personaje, y de tantos otros. Por hoy no quiero indigestarles. Otro día, les contaré alguna otra receta delicia de Vigo.
Es tiempo de cocido y es Navidad. Disfruten de Vigo y Lalín, de los buenos hosteleros y de los museos, de las 14 estrellas Michelin de Galicia, una Verde, visiten nuestros bares y tabernas, y compren en el comercio local. Con prudencia pueden y debemos hacerlo, nos necesitan. Están ahí, en casa. Laxeiro nos lo recomendaría.
Alberto Barciela
Periodista