Xerardo RODRÍGUEZ
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EL MAR DE LOS MUERTOS

En cierta ocasión me contó Laudelino, sabio anciano de O Rosal, al calor del fuego de la lareira de mi casa de Tabagón, que en el monasterio de Oia se encontraron muy antiguas crónicas que hablaban del Mar de los Muertos, buscado y nunca hallado por nuestras meigas.

Por lo visto, la ruta la marcaban por el día el sol en su camino hacia el Fin de la Tierra y por las noches las estrellas de la Vía Láctea. Los caminos de esta ruta estaban sembrados de megalitos y en todo el trayecto, se expresaba el profundo conocimiento de los sabios maestros sobre las tradiciones, mágicas y secretas, que practicaban misteriosas cofradías.

Algunos escritos, tan antiguos que se ignora su procedencia, hablan incluso de una ciudad sumergida. Dicen que, antes de su desaparición bajo las aguas, fue el crisol de la cultura de los pueblos galaicos, creadora del megalitismo y del lenguaje de los petroglifos…

En aquella ciudad se mezclaba el canto rumoroso de los pinos, con el de las sirenas y la voz de los druidas, en realidad, profetas de aquella época en la que Venus presidía todos los cabos de Galicia.

Esta es la versión más antigua que conozco de la búsqueda del lejano occidente, la que tenía como objetivo encontrar el nunca revelado secreto de un dios y el “mar de los muertos” jamás hallado.

La historia moderna, sin embargo, despierta a las almas peregrinas que llegan al mismo fin del mundo para escuchar la canción del mar; del mismo mar en el que esperan ver reflejado el camino olvidado que conduce hacia su cielo.

Es que, tras el horizonte, aún está el Infinito…

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