LA SAL DE LA VIDA

Faro Fisterra

Hoy tengo un capricho que cumpliré, si se puede, en honor de los hombres de piel de salitre; porque siguen en el puerto mirando impasibles como el mar bate con toda su fuerza contra las rocas, enviándoles esas olas gigantes creadas por el viento del este y advirtiéndoles que esta marea no es buena, ni para navegar a por el pescado mas sabroso, ni tampoco para saltar de piedra en piedra, evitando la espuma blanca, para hacerse con el fruto más cotizado de este océano, el percebe.

Te diré. Lo que más me fascina de la Costa da Morte son tres faros, en los que -si hoy no encuentro protagonistas de sus historias legendarias- sus luminarias torres me contagiarán el encanto que les proporciona la magia de sus entornos.

Faro Vilano

El faro Fisterra significó el fin del mundo para los romanos y para mí, una gran noche de fiesta xacobea y más de cien románticos encuentros frente al infinito. El faro Vilano es mi compañero de aventuras marineras que aún puedo contar a mis nietos; además, me canta canciones de nereidas, acompañantes últimas de aquellas cien doncellas que prefirieron morir antes de ser esclavas. Y el faro de Punta Roncudo, el amigo de mis amigos percebeiros, que en vez de cantar, ronca sus sueños atlánticos.

A la Costa da Morte hay que venir a comer percebes, a hablar con los percebeiros y a admirar su coraje y valentía. Comer percebes, te lo aseguro, es un gran placer que concentra todo el sabor a sal de mar.

Ese es hoy mi capricho. No sé si podré cumplirlo, pero daré por bueno el viaje con la simple contemplación del Atlántico gallego que, cuanto más se enfurece, más te embelesa. 

Faro Roncudo

SALVEMOS EL RURAL

La aldea del abuelo está aún abandonada esperando la resurrección de los vivos. Entre las paredes de la casa en ruinas, crecen las zarzas, que es planta de muerte en esta tierra de vida. Dicen en la villa que la casa fue la causa de aquel viaje solo de ida y que terminó toda la tierra, yerma, entre las posesiones de un banco.

Hasta la casa del abuelo llega aún la corredoira. De dura tierra en caluroso verano y de blando barro cada vez que es invierno. Nadie la camina cuando está próxima al frío. Y solo las lagartijas y sus mayores, los lagartos, corretean por ella cuando el sol más calienta.

Hay quien cree que por aquí vaga la Santa Compaña. Que la trae invitada el abuelo al tradicional convite de cada medianoche. Pero al amanecer, cuando menos, vuelve la aldea a estar solitaria, abandonada, muerta, ensimismada en la única sinfonía que allí se escucha, la del silencio.

Sin embargo, más abajo, en la ladera, hay otra aldea nueva que bajó de la sierra. Hay varias casas de piedra con chimeneas que echan humo… porque están habitadas.

Desde lo alto de la vieja corredoira, ahora ancha y asfaltada, aunque serpenteante por ser también maravillosa atalaya, prevalece el verde de los prados recuperados sobre el negro de la tierra cultivada…

Pierde aspereza el terreno, que es aquí fértil, de huerto. Y entre las pocas casas del lugar, hay plaza, cruceiro y también vida social.

Desde aquí vemos como asoma la sierra entre la niebla, refugiados del frío en la taberna, renacida para compartir historias y leyendas de otros tiempos.

De vuelta en la aldea sentimos el placer del paisaje, disfrutamos los sabores de lo auténtico, y recuperamos la visión de los campos cuando se tornan ricos.

Sobre la aldea renacida hay una luz especial que sale de entre las nubes para que brille el río pequeño bajo el puente y una raioliña se posa en la torre de la iglesia recuperada, románica, como las de siempre.

La salud y la vida vuelven a ver este paisaje, hasta donde llega ahora la carretera de asfalto. Y el gran mundo está al alcance, al otro lado de la curva.

Entre la aldea que espera la resurrección y la aldea renacida hay un abismo. Una significa la muerte de todo el entorno y la otra llena de vida el espacio. Por eso reclamo atención para el campo y los montes, tanto del litoral como del interior… y para esos entrañables lugares que duermen sus historias en el pasado escrito entre sus ruinas.

Los agricultores y los ganaderos; los mineros y los madereros; colectivos de ecologistas, empresarios, trabajadores, todos estamos de acuerdo en que resulta indispensable salvar el rural para recuperar la riqueza muerta de esa Galicia abandonada.

Esta vez te pido que nos ayudes a concienciar a la sociedad gallega y sobre todo al poder político sobre la necesidad de regenerar el valor del campo desde el respeto al medio ambiente.

Porque aún es posible construir un futuro sobre el abandono. Solo hace falta buena voluntad.  

XERARDO RODRÍGUEZ