Semana Santa en Cangas do Morrazo : más que una tradición, un pueblo entero en acción
Reportaje de Ángel Lorenzo )
Semana Santa en Cangas: más que tradición, un pueblo entero en acción
La población pontevedresa de Cangas do Morrazo está plenamente inmersa estos días, para celebrar una de sus citas más emblemáticas con una Semana Santa que ha recuperado todo su pulso y que se consolida como un ejemplo de celebración abierta, inclusiva y profundamente participativa. Las calles, ya engalanadas desde días atrás, anticiparon en el fin de semana de Ramos, la llegada de unos días en los que tradición e identidad colectiva se entrelazan.
Con más de cinco siglos de historia, la Semana Santa canguesa ha sabido evolucionar sin renunciar a su esencia. Cinco cofradías y hermandades sostienen su organización —la Misericordia, el Cristo del Consuelo, la Virgen de los Dolores y la Soledad, las Negaciones de San Pedro y el Cristo Resucitado—, pero es la estrecha colaboración entre todas ellas lo que define el modelo local. Bajo la coordinación de la Junta de Cofradías, trabajan de forma conjunta, compartiendo esfuerzos y recursos para ofrecer una celebración unitaria en la que prima el sentimiento de comunidad.
A este entramado se suman distintas formaciones musicales, como bandas de tambores y cornetas, agrupaciones de gaitas y bandas de música, que aportan un carácter singular a los actos programados desde finales de marzo hasta el Domingo de Resurrección. Sin embargo, el verdadero motor de la Semana Santa de Cangas es la implicación vecinal.
Más de 250 personas participan activamente en la organización, una cifra que se multiplica si se tiene en cuenta la colaboración ciudadana. Sin distinciones de edad o género, vecinos y vecinas asumen distintos roles —camareras, mayordomos, capataces o voluntarios— en un esfuerzo colectivo donde cada aportación resulta esencial.
Esta filosofía se refleja también en las procesiones, en las que más de medio millar de portadores dan vida a los tronos. La participación femenina, hoy mayoritaria, evidencia el carácter inclusivo de una tradición que ha sabido adaptarse a los tiempos. El resultado es un estilo propio que distingue a Cangas do Morrazo en Galicia: las imágenes avanzan con una cadencia acompasada que evoca casi una danza, dotando de singularidad a cada desfile.
En definitiva, la Semana Santa de Cangas trasciende a las propias cofradías para convertirse en una celebración de todo un pueblo, donde la colaboración, la igualdad y la participación sin barreras convierten cada acto en un reflejo vivo de su identidad colectiva.
Todo un pueblo en la celebración
de una tradición :
La Semana Santa de Cangas do Morrazo.
Antecedentes.
La historia religiosa de la parroquia de Cangas no puede entenderse sin mirar a Santa María de Darbo. En la Alta Edad Media, cuando la villa aún daba sus primeros pasos, no existía un templo propio para el culto y los vecinos debían desplazarse hasta Darbo para participar en las celebraciones litúrgicas.
El panorama cambió a finales del siglo XV. El auge de la pesca, el comercio y la actividad conservera impulsó el crecimiento económico de Cangas y, con él, su población. Este desarrollo hizo necesaria la creación de una parroquia propia. Así, hacia 1495 comenzaron las obras de la nueva iglesia, que en 1542 alcanzaría el rango de colegiata, atendida por un prior y seis racioneros.
Aunque no se conservan documentos, todo apunta a que ya entre finales del siglo XVI y comienzos del XVII se celebraban procesiones durante la Pascua. La falta de registros tiene una explicación dramática: la destrucción provocada por uno de los episodios más trágicos de la historia local.
En diciembre de 1617, una flotilla de piratas turco-berberiscos atacó la ría de Vigo. Tras encontrar resistencia en el sur, los invasores se dirigieron al norte. El 9 de diciembre desembarcaron en la playa de Rodeira y arrasaron Cangas. Más de cien personas murieron, unas doscientas fueron capturadas —en su mayoría mujeres y niños— y medio centenar de casas quedaron reducidas a cenizas. La iglesia colegial tampoco se salvó: fue incendiada y perdió todo su patrimonio, salvo una imagen, el Cristo del “Buen Jesús”, conocido desde entonces como el que “no quiso arder”.
A esta tragedia se sumaban años de epidemias y pestes, alimentadas por las duras condiciones de vida: enfermedades traídas por el mar, mala alimentación y escasa higiene. La población quedó profundamente debilitada, lo que afectó tanto a la vida social como a la económica. La colegiata entró en una etapa de grave decadencia, con recursos cada vez más escasos.
Finalmente, a mediados del siglo XVII, el colegio parroquial desapareció, y la institución quedó reducida a iglesia parroquial, una situación que acabaría consolidándose tras lo establecido en el concordato de 1851. Así, entre crecimiento, devastación y supervivencia, se fue forjando la identidad religiosa de Cangas.
Consolidación.
Desde sus orígenes, la Semana Santa de Cangas ha sido mucho más que una celebración religiosa: es una expresión colectiva de identidad. Tres instituciones han sostenido históricamente este legado. Por un lado, la antigua Cofradía del Santo Nombre del Buen Jesús, relanzada en 1865 como Hermandad del Buen Jesús – Santísimo Cristo del Consuelo; por otro, la Cofradía de la Misericordia, de origen inmemorial, revitalizada en 1709 gracias al impulso del Gremio de los Mareantes; y, finalmente, la Cofradía de la Buena Muerte, reorganizada en 1749 como Hermandad de la Santísima Virgen de los Dolores y de la Soledad.
A finales del siglo XIX, la Cofradía de la Misericordia decidió dar un paso adelante y reforzar el esplendor de las celebraciones pascuales. Para ello encargó al escultor Ignacio Cerviño Quinteiro la creación de uno de los conjuntos más emblemáticos: el paso de Jesús Nazareno camino del Calvario, también conocido como el de las Tres Caídas. La escena, de gran fuerza expresiva, muestra a Cristo con la cruz a cuestas, ayudado por Simón de Cirene en su ascenso al Gólgota.
El conjunto se completa con figuras que forman ya parte del imaginario popular: un centurión romano, apodado “Carnacedo”, y dos soldados auxiliares, conocidos coloquialmente como “los carallotes”. A esta obra se suman otros pasos y figuras de notable valor artístico y devocional, como la Santa Cena —que representa el instante en que Cristo anuncia la traición de uno de sus discípulos—, el Cristo del Descendimiento, el Cristo yacente en urna, san Juan evangelista y las piadosas mujeres: Verónica, María Magdalena, María Salomé y María de Cleofás, realizadas en 1882.
Entre todas ellas destaca también una figura singular y entrañable: el pequeño “Francisquiño da ferramenta”, un niño pasionario que porta los instrumentos de la crucifixión y que ha conquistado el cariño de generaciones.
Sin embargo, detrás de este patrimonio no hay solo artistas ni cofradías. Hay todo un pueblo. En una villa de entonces apenas 4.000 habitantes, la implicación fue total. Carpinteros, herreros, marineros, agricultores y vecinos de toda condición aportaron su trabajo, sus recursos y su tiempo. Cada uno, dentro de sus posibilidades, contribuyó a engrandecer una celebración que trascendía lo religioso.
Así, con esfuerzo colectivo y orgullo compartido, la Semana Santa de Cangas se convirtió en un símbolo común, en una tradición capaz de definir y unir a toda una comunidad.
En la actualidad.
La población pontevedresa de Cangas vive estos días del final de Marzo y llegada de Abril, una de sus celebraciones más emblemáticas. Tras tres años marcados por las restricciones sanitarias, la Semana Santa —declarada de interés turístico gallego— recuperó en 2023 toda su esencia. Las calles, engalanadas, anunciaron el regreso de unas celebraciones profundamente arraigadas en la identidad local.
No es una tradición reciente. Desde hace más de cinco siglos, los vecinos de esta localidad costera participan en actos procesionales que han ido evolucionando con el paso del tiempo. En sus inicios, fueron las cofradías de la Misericordia y del Cristo del Consuelo las encargadas de organizar los cultos. Con los años se sumaron nuevas hermandades, como las de la Virgen de los Dolores y la Soledad en el siglo XVIII, las Negaciones de San Pedro en 1992 y, más recientemente, la del Cristo Resucitado. Junto a ellas, bandas de música y la Legio romana Berobreo aportan un componente escénico singular, todo bajo la coordinación de la Junta de Cofradías de Cangas. El calendario de este 2026 se extiende desde el 27 de marzo, festividad local de la Virgen de los Dolores, hasta el Domingo de Resurrección.
Pero si algo define a la Semana Santa de Cangas es la implicación de su gente. Más de 250 personas participaron activamente en los preparativos. Durante semanas, la actividad fue incesante: camareras, mayordomos y capataces revisan imágenes, andas y ornamentos; voluntarios anónimos colaboran en cada detalle. Las túnicas, capas y capirotes se ajustan al milímetro, mientras los integrantes de la Legio afinan sus vestimentas romanas. Al caer la tarde, el sonido de tambores y bombos rompe la rutina diaria y anticiparon ya con sus ensayos la emoción de los desfiles procesionales.
El protagonismo también recae en los portadores de los tronos, auténticos artífices de uno de los rasgos más distintivos de esta Semana Santa. En total superan el medio millar. Según los propios vecinos, las imágenes no solo avanzan: se balancean con tal cadencia que parecen caminar o incluso bailar, generando un estilo único en Galicia. Para muchos, llevar una anda es más que una tradición: es un legado familiar y un motivo de orgullo.
Además, la participación es abierta e inclusiva. Hay espacio para todos: adolescentes que se inician, jóvenes que consolidan su compromiso y veteranos que mantienen viva la experiencia. No existen barreras de género y, de hecho, la presencia femenina es hoy mayoritaria. Incluso quienes llegan sin experiencia, movidos por una promesa o penitencia, encuentran su lugar en una celebración que, año tras año, sigue latiendo al ritmo de todo un pueblo.
