Los ourensanos, desde muy jóvenes, íbamos a Montederramo para aprender a encaramarnos a las cumbres de la sierra donde sucedieron increíbles historias de “fuxidos” en la postguerra española; a ellos debemos páginas de heroica resistencia antifranquista. Al mismo tiempo que nos impresionaba el paisaje y su grandeza, admirábamos aquella lucha guerrillera de los “maquis” que nos contaba el viejo pastor de Edreira, mientras te ofrecía un trozo de sabroso queso curado.

Aquellos guerrilleros gallegos –decía el pastor al pie de la hoguera- “convirtieron las tierras del abuelo en un campo de batalla”.

En Edreira vivió solo una familia, la del pastor Francisco Galán padre. Vivió hasta que sonaron los cascos “dos cabalos da noite” en el camino empedrado que antes había sido vía romana…

Galán, su mujer y un grupo de guerrilleros, fueron asesinados en desigual lucha aquella noche, la más trágica noche que vivió la sierra con San Mamede por testigo.

Solo se salvó Francisco Galán hijo, que hace unos años, a sus 84, aún seguía siendo pastor.

Hasta Edreira llegas casi cresteando desde A Pá, por la cara oeste del Xistral, a más de mil metros encima del valle por el que discurren las primeras aguas del río Queixa.

Paisajes de agua que tienen su cenit en la Xunta dos Ríos, muy cerca de la pequeña aldea de los Galán, hoy abandonada pero cuyas paredes nos cuentan aún como el abuelo Francisco se fue, recién estrenado el siglo XX, a Cuba. Y de la isla, a las Américas.

Conoció la joven Caracas, el bullicioso Río de Janeiro, la inmensidad urbana de Buenos Aires y puso fin a su errante vida en un pequeño negocio de la uruguaya Punta del Este, en cuyo cementerio está enterrado.

Son muchas las historias de guerra, exilio y emigración que aquí solían contar los pastores.

Los pastores han tomado como suyo el también abandonado lugar de A Ferreiría, vestigio de una antigua y artesanal industria metalúrgica en plena sierra, buena prueba de que estas montañas fueron cuna de gente con iniciativa.

Entre Edreira y A Ferrería, hay lugares de ensueño que se confunden con el paraíso, bañado por ríos de aguas limpias y siempre frías, que cruzan caminos tan antiguos como la propia montaña, entre carballos, castiñeiros, acebos y abedules.

¡Ay, mi amigo! A pie, este trayecto resulta cansado, pero las serpenteantes carreteras de montaña, las más bellas que jamás hayas soñado, te permiten utilizar el coche, el quad o el caballo que te alquilarán en Montederramo. Aquí es posible descubrir la hermosura natural o… como aquella vez de mis recuerdos, hacer el amor contemplando la belleza del abismo para gozar de la vida en lo más profundo de tu alma.

Aquí, al pie de la sierra de San Mamede, puede ocurrirte que bebas la esencia desnuda bebiendo las frescas palabras de cien ríos trucheros, los creadores del Mao que se ensancha como un mar en el Leboreiro.

Los espejos de la sierra te descubrirán en sus laderas el Bidueiral de Montederramo, que es espacio protegido considerado de interés europeo y rodeado de acebos, lo que quiere decir que por aquí pisa también el corzo bonito.

Hay en todo este territorio un total de 85 lugares diferentes habitados por menos de 1.500 personas y todos ellos están rodeados de la naturaleza más viva.

En el Caserío da Castiñeira, excelente alojamiento rural, me recomendaron aquella vez una jornada de pesca, pero no estaba uno para aprender el arte de la caña y sí para disfrutar de las frías gotas de agua sobre el cuerpo desnudo de mi ninfa, aquel atardecer repetido del verano caliente, con las manos perdidas en la inmensidad de la admirable belleza de su piel de nieve.

Nunca pedí perdón a Dios por esos pecados del sexo, que son tan naturales como los alisos que crecen en el bosque del río para ser madera de gaita.

Pero aquella tarde, en el que fuera uno de los grandes monasterios benedictinos de nuestra historia, me sentí un alma descarriada ante la magnitud de aquellas paredes y la impresión que me causó su arquitectura.

Creí ver, rezando, ante el altar mayor, a la bella reina Teresa de Portugal, conocida como doña Urraca, creadora de aquel monumento y mucho más pecadora que yo según cuentan las crónicas. Y recé. A mi manera, pero recé.

Y debió de ser Santa María la que me llevó hasta Regueiro para que conociera aquel cruceiro; en realidad era un peto de ánimas donde los pecadores como yo debemos depositar un óbolo para que no nos lleve la Santa Compaña cuando, por la noche, y tras la queimada con estas buenas gentes de Montederramo, salgamos a ver como la luna llora porque el sol se fue a dormir sin hacerle caso.

En mi mente se suceden ahora las imágenes de aquellos días de mi bachillerato en los que, desde Arnuiz, fui vagando perdido entre la nieve hasta que vi las luces de Montederramo a lo lejos, cuando la noche era incipiente y mi guapa profesora de Ciencias Naturales sintió por primera vez un cuerpo fuertemente apretado contra el suyo.

Siempre que a través de mi ventana refulge el verde de los agros sobre el verde de los árboles, me acuerdo de Montederramo: de su sierra santa, de aquella aldea abandonada, de sus muchos ríos, del bosque singular, del monasterio, del cruceiro que es peto de ánimas… y, naturalmente, de ella.

Cuando vayas, si es que vas, procura hacer el amor y olvídate de aquella guerra.

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