El Jueves Santo ocupa un lugar central en la fe católica, marcando el inicio del Triduo Pascual, el corazón del año litúrgico. Este día conmemora dos eventos fundamentales: la Última Cena, donde Jesús instituyó la Eucaristía y el sacerdocio, y el lavatorio de los pies, un gesto de humildad y servicio. Desde la perspectiva católica, estos acontecimientos reflejan el amor redentor de Cristo y su entrega total por la humanidad.
La Eucaristía, establecida durante la Última Cena, es el sacramento que hace presente el sacrificio de Jesús en la cruz. Para los católicos, participar en la Misa no es solo un recuerdo, sino una renovación de este misterio, que fortalece la comunión con Dios y con la comunidad. La institución del sacerdocio en este contexto subraya el papel de los sacerdotes como mediadores de esta gracia, continuando la misión de Cristo.
El lavatorio de los pies, por su parte, encarna el mandamiento del amor: "Ámense los unos a los otros como yo los he amado" (Juan 13,34). Este acto de servicio, realizado por Jesús a sus discípulos, desafía a los fieles a vivir la humildad y la caridad en sus relaciones cotidianas, recordando que el verdadero liderazgo cristiano se fundamenta en el servicio desinteresado.
El Jueves Santo invita a una reflexión profunda sobre la gratitud por la Eucaristía, el compromiso con el servicio y la preparación para acompañar a Jesús en su pasión. Es un día de introspección, adoración y renovación espiritual, que reafirma la centralidad del amor sacrificial en la vida cristiana.