Es Viernes Santo: uno de los días más solemnes y profundos del año litúrgico. Es el día en que la Iglesia conmemora la Pasión y Muerte de Jesucristo en la cruz, un evento que encierra el núcleo del misterio de la redención y el amor infinito de Dios por la Humanidad.
El Viernes Santo nos sumerge en un silencio sagrado. Las campanas callan, los altares se despojan de adornos, y la liturgia se reviste de sobriedad. Este silencio no es vacío, sino un espacio para la contemplación del sacrificio de Cristo, quien, siendo Dios, se humilló hasta la muerte para cargar con los pecados del mundo. Como dice el profeta Isaías: "Él fue traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes" (Is 53, 5). En la cruz, Jesús no solo sufre físicamente, sino que abraza el peso de toda la humanidad, ofreciéndose como víctima perfecta para reconciliarnos con el Padre.
Este día nos invita a meditar en el significado del sufrimiento y la entrega. La cruz, instrumento de tortura, se transforma en símbolo de victoria sobre el pecado y la muerte. Para los católicos, el Viernes Santo no es solo un recuerdo histórico, sino una llamada a vivir en gratitud y compromiso. Nos recuerda que el amor de Dios es tan grande que no escatimó en dar a su Hijo único (Jn 3, 16), y nos desafía a responder con una vida de fe, caridad y servicio.
La liturgia del Viernes Santo, con la lectura de la Pasión, la adoración de la cruz y la comunión, nos guía hacia una unión íntima con Cristo. Al venerar la cruz, reconocemos que en ella se encuentra nuestra salvación. Es un momento para arrepentirnos de nuestros pecados, renovar nuestra confianza en la misericordia divina y comprometernos a llevar nuestra propia cruz con paciencia y amor.
El Viernes Santo, aunque marcado por el dolor, no es un día de desesperanza. En el silencio de la cruz, late la promesa de la resurrección. Nos prepara para la alegría de la Pascua, recordándonos que la muerte no tiene la última palabra. Así, este día sagrado nos enseña que el camino hacia la gloria pasa por el sacrificio, y que en el amor crucificado de Jesús encontramos el sentido último de nuestra existencia.
En resumen, el Viernes Santo es un día para detenernos, contemplar la cruz y dejarnos transformar por el amor redentor de Cristo, que nos llama a ser testigos de su misericordia en un mundo que tanto la necesita.