Dulce morada) Aquellas verbenas...
DULCE MORADA
Mucho más allá de la medianoche esa Luna apareció por Trasdomonte y penetró por mi ventana. Cobró forma de ninfa y se coló en mi lecho para hacer el amor… hasta que el sol nos dijo que había amanecido ya sobre los campos amados.
Ella se fue y yo también me fui en busca de la alborada…
—– Este es un día para hacer el amor y no la guerra.
Me lo dije a mi mismo mientras la belleza del territorio envolvía mi mente y repetía aquel verso del poeta Xohan Cabana…
—- E non se víu morada tan doce… e tan amada… e tan dourada…
Es que, no tiene límites el paisaje que se abre desde la ventana a los montes y a los valles, donde se pierde la mirada.
Esta aldea vieja, tiene un sendero que conduce al monte Castelo y un camino de piedra que te lleva hasta la sombra de los árboles del bosque encantado.
Tengo la dicha de vivir en un pueblo de pocos vecinos; de grandiosas alboradas y de santo festeiro que nos protege.
Por eso es la aldea de nuestras hadas y el rincón perfecto para construir los sueños…
Qué suerte hemos tenido algunos abuelos que aún podemos contarle a los nietos aquel 18 de Julio de 1936, cuando, en vez de su viento, África nos envió a sus guerreros más feroces comandados por un general traidor a cuyo nombre escupo.
De los 18 de Julio de la peor dictadura de nuestra historia, a los abuelos de por aquí, solo nos quedó la paga extra de una siempre exigua pensión. Lo demás nos lo llevaron criminales de guerra nunca juzgados. Ni siquiera por la memoria histórica.
AQUELLAS VERBENAS
Aquí estamos, amigo. Con mi look de periodista de aldea y algunas pequeñas cosas que contarte en este jueves, en el que ha vuelto el calor africano, ya de mañana. La canícula bien sabe que “non che hai Terra coma nosa Terra”, que cantaba Pucho Boedo.
Hoy voy de anécdota. Todos los días me cruzo con Luciano, noventa años de esplendidez y muy hablador. Un día me contó el crimen de Portomouro, otro me habló de los temporales de antes “que sí que eran”, al siguiente de las chavalas del cuplé y al otro de lo que costaba subir el maíz a los molinos de Vilar. Él es siempre el que habla y yo escucho; solo deja escuchar y afirmar.
Pero resulta que ahora tengo melena y aunque sabe bien cómo me llamo ignora lo que hago. Por eso me dijo hoy, fijando sus ojos en mi melena rizada…
—- Mira… ¿E tí que fás nesta vida?
—- Pois estou xubilado i as veces escribo para os meus amigos, Luciano.
—- ¡Arredemo! Con ese pelo que tés pensei que eras artista… Mesmo me parecías o cantante aquel da Orquesta Compostela dos meus tempos.
Y me dejó con mis recuerdos de las grandes orquestas de Galicia y aquellas verbenas parroquiales en las que se estilaba el “permite”.
—- ¿Permite? ¿E iso que era?
Consistía en que todos podían bailar con todas. Solo le tenían que tocar en el hombro del chico y decirle…
—- ¿Permite?
Y todos permitían, claro, porque de lo contrario se armaba una buena, que no había quien se atreviese a romper la tradición. Eso sí, se respetaba el sagrado vínculo del matrimonio y a las casadas se les eximía el suplicio de danzar con quien no le apetecía. Yo solo “permití” una vez en las fiestas de Ganade, en Xinzo da Limia…